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COMO UN CLAMOR
Sobre el libro, las manos blancas, ardiendo, reciclando
el cúmulo de las horas. Sobre el libro, otra vez
las manos blancas, ardiendo, sobadas por el olor de unos girasoles
y una frase dicha al azar, sin pretensiones, sin siquiera
un vestigio lírico. Sin estaciones, hermano, sin estaciones.
El álamo es un simple decorado.
Como las palabras, el álamo prefigura un pliego de imágenes imposibles.
Aquel y este, el álamo es siempre un signo de indolencia.
Precario y hermoso como una deducción. ¿Cómo, entonces
ha llegado el pequeño manojo lépero hasta la transfiguración del búcaro?
¿Cómo la persistencia ha deshecho, quizá debiera decir acompañado
las palabras dictadas por el tiempo en esos caminos remotos, transidos.
¿Cómo, si dos vasos chocan levemente luego del almuerzo
y no hay nadie en la habitación y usted bebe el plácido color del jengibre?
¿Cómo si no hay vasos deslizando su olor ni hay vino morado
ni tose una mujer para disimular que ha muerto, cómo?
Tras las mamparas alguien ha llamado.
Señor. Señor acérquese un momento. Señor. Señor
baje a este mundo y bese mis abundancias.
Yo soy Karina señor. Yo tengo estos pechos
morenos y usted deberá tocarme sobre el lienzo de mi vestido.
Donde nadie pueda vernos. Ay, señor, qué pedazo de carne podría olvidar
ese instante inédito de su mano en mi seno limpio.
Las palabras, como los tiestos tibios, ayer puestos bajo el sol
regresan en un espeso, apenas perceptible silencio.
Desde el sur
desde lo último del sur
desde las memorias desde lo último
de las memorias, como dijo alguna vez el poeta Melchor E.
Los girasoles entonces chocan con los límites permanentes
agitados por horas que declinan con el cuerpo ya exhausto.
Apartada toda trivialidad también lo creo
pues he encontrado ciertos indicios: un libro abierto
abandonado, una mano de color naranja
configurando caminos traslúcidos sobre el cuerpo blanco,
y un hombre con la cabeza abierta sobre un ancho y verde pastizal.
Más allá, denunciadas por el viento
bailan tres palmas cubanas. Y en el fondo, un lienzo que nos regresa
al último azul de la tarde. Frente a estos documentos del paisaje
la humanidad reducida a dos ojos contemplativos
clavados en la pared, como un clamor.
de: Otras piedras talladas en silencio
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